jueves, 6 de noviembre de 2008

7) Adriana



Adriana era la mejor amiga de Jenny, el gran amor de Juan. Jenny se encontraba en Estados Unidos viviendo con su padre, quien se la llevó de Lima para que se alejara de un pasado tormentoso de drogas y vida acelerada con tan solo diecisiete años de vida.

Y es que era algo tenebroso el ver la adicción que produjeron las drogas en ese angelito, que la convirtieron en presa fácil de los lobos que estaban al asecho. Ella llegó hasta lo mas bajo, el ofrecer su cuerpo a algunas de sus amistades a cambio de 5 gramos de cocaína. Intercambiaba placer por placer.

La rabia que produjeron esos hechos en Juan, el saber que su princesa, su máximo tesoro había terminado regalando su cuerpo a cualquier sujeto en una fiesta le ocasionaban las mas horrendas ideas de venganza para con todos aquellos que llevaron a que su princesa cometiera tantos excesos, desbandes que la habían apartado de su lado. El no tomaba en cuenta que fue una de las peores influencias para Jenny.

Luego de que Jenny se fuera de viaje la pandilla se había desintegrado. Andrés, el hermano de Jenny, estaba preso en Sarita Colonia por tráfico ilícito de drogas, Giordi seguía en las andanzas ofreciendo éxtasis en discotecas de Lima y balnearios y Adriana consumiendo todo lo que se le pusieran frente a sus hermosos ojos café. Justo esa situación le hacían ver a Juan que su pequeña Jenny no estaba lejos, que la tenía cerca solo que con un nombre cambiado, total ambas amigas eran lindas, carismáticas, sensuales, sexuales y adictas a la adrenalina.

Era de tarde. Juan llegó a casa de Adriana, el sabía que no había nadie en casa y quería matar las ansias, si quiera con un wirito para amenizar la tarde. El siempre iba donde ella sin vergüenza, total el romance de mes y medio que tuvieron lo valía, la diablita le decía.
– Hola loco, ¿qué es de tu vida? – le dijo ella haciéndolo pasar a su casa – Solo cuando estas angurris vienes de visita no?
Y es que Adriana era demasiado loca. Con ella Juan había pasado por miles de aventuras. Desde los quince años fue una chiquilla traviesa, desde el momento en que la vida le quito a su madre ella se entregó a los brazos del mejor postor, de aquel que pudiera comprar su cuerpo con un poco de sustancias alucinógenas.
- Y Adrianita, ¿con qué me vas a sorprender hoy? – Ella sonrió, se levantó y fue a su dormitorio, al regresar tenía en su mano una bolsa con polvo blanco dentro.
- Lo mejor de lo mejor, cinco gramos para que salgas con unas muecas terribles.
- Puta te pasas loca, pero no te quiero dejar sin vitaminas para el fin.
-Tu consume nomás, total si se acaba se consigue de nuevo – Sonrió muy orgullosa de lo que decía.

Era increíble ver lo degenerada que estaba esa chica a causa de las drogas. Pero ni ella ni Juan se percataban del peligro en el que estaban bien metidos. Ellos estaban en su propio mundo, un mundo de sueños que solo con un fuerte golpe los haría volver a la triste y horrenda realidad.

Juan cogió la bolsita, fue a la cocina y sacó un colador. Tiró todo lo que había dentro de la bolsa, era el procedimiento que se seguía con frecuencia para llegar a moler las roquitas que se formaban como nudos de un pasador. Luego puso todo en un pequeño cofre hermético para que no se mojara o se pusiera pegajosa, echó un poco en la mesa, corto una cañita de las que se usan para beber gaseosa y empezó a aspirar el rico chamito - ¿Y qué sabes de Jenny? – Decía metiéndose un sorbo de licor a la boca.
- Nada, ¿tu sigues hasta las huevas por ella no?
- Para nada, mientras mas lejos este mejor.
- Debes estar perreando harto.
- Ni creas. Bueno he estado saliendo con alguien pero es una chica muy tranquila. No sabe todo lo que hago, porque si supiera de hecho que se trauma y me manda al diablo. – Cada palabra que decían ameritaba un tiro mas.
- Oye ¿y no tienes ganas de hacerlo ahorita? - le dijo ella balbuceando
- Tu siempre andas arrecha ¿no? – le dijo Juan mientras se reía. Luego la cogió de las manos y se las besó. – Si supieras cuanto te quiero diablita, pero ya te dije mil veces, los dos juntos terminaríamos destruyéndonos.
- Juan, ¿por qué no lo podemos intentar?. Yo te quiero huevón. Fácil los dos juntos podríamos salir de este agujero. Yo necesito tener a alguien que me haga sentir que si se puede vivir sin drogas, no como todos los bastardos con los que me acuesto un fin de semana - Las palabras de esa niña sonaban como un desesperado grito de auxilio.
- No es la voz tía. No te quiero hacer daño. – El se paró – Creo que es hora de que me valla.
- No me dejes por favor – Le dijo ella, se había puesto a llorar.
- Puta madre Adriana siempre te pones así con la coca eso me llega al pincho. Comprende, no te quiero cagar como cagué a Jenny.
- Jenny se cagó sola cojudo, ¿por qué siempre te tienes que echar la culpa de todo?.

Eso era cierto. Juan creía que todo lo que sucedía en el mundo era por efecto de el. Tenía un egocentrismo por demás exagerado. Egocentrismo que muchas veces lo hacían sentirse un ganador, mas muchas otras lo hacían entrar en una profunda depresión. Joan solo la miró, le dio un beso en sus labios y salió de ese lugar.

Adriana cerró la puerta. Estaba dura por toda la coca que se había metido. Se quedó pegada mirándose en un espejo - ¿Qué es lo que busca un hombre? – Se preguntó y se tiró en la cama, intentó masturbarse para sentir un poco de placer, sin embargo no obtuvo ningún resultado.

Abrió un cajón y encontró una carta que Jenny le había mandado pocos días atrás a ella. En esta le pedía que cuidara a Juan, que no lo dejara, que lo hiciera cambiar. Lagrimas salían de sus ojos.

Se puso a recordar como de la nada se enamoró de Juan, como fue la primera vez que hicieron el amor y en el cuarto de su mejor amiga Jenny, sin importarle que esta fuera la enamorada de el; recordó las aventuras en Chaclacayo y en el sur. Recordó a Andrés, su gran amigo casi hermano, recordó a Giordi quien le rompió la boca con marihuana por primera vez.

Guardó la carta pues no le gustaba ser masoquista. Luego encontró la foto de su madre. Ese fue su punto de partida, La muerte de esta ocasionó en ella un profundo odio a Dios y al mundo entero. Si hubiera entendido que tuvo que hacer lo contrario y pedirle a ese poder superior que le diera fuerzas para aguantar tanto sufrimiento su historia hubiera sido otra.
Había estado huyendo de todos los que pretendían imponerle conductas, era una rebelde a morir. Ahora estaba establecida en un departamento de la “Resi” de San Isidro pero eso le daba igual a ella. Solo quería que su padre dejara de lado los negocios y le dijera para ir a tomar un helado, o que su tía no le recordara todas las noches lo “coqueta” que era, solo buscaba a alguien a quien amar.

6) La Catedrática


Se llamaba Leslie Montero. Era catedrática en la facultad en el Curso de Derechos Humanos. Juan llevaba ese curso con ella e incluso se dio el lujo de ser su asistente de cátedra por lo que dialogaban seguido y se había forjado una excelente relación amical a pesar que en cierta ocasión y frente a toda el aula le había insinuado que tenía muy bonitas piernas, por lo que no tuvo mas remedio que jalarlo en el ciclo para cuidar las apariencias.

Aquella tarde el fue a su oficina. Como nunca se puso su mejor terno, algo de gel en la cabeza, afeitado y perfumado, y es que le fascinaba aquella mujer. Era el prototipo de chica con el que siempre había soñado, pero no necesariamente con el que el se inmiscuía: madura, profesional, estilo sofisticado, de esas que se visten con sastre, falda y tacones altos. El buscaba eso en una mujer, pero siempre se ligaba al ángulo contrario.

Se saludaron con un beso en la mejilla. El la miraba de arriba abajo, era realmente atractiva. Viéndola bien, Juan comprendía el por que todos los profesores deseaban a esa mujer
- Y dime Juan, ¿a qué debo tu visita? – Le preguntó ella.
- Leslie – El la tuteaba pues ella no era tan mayor, 26 años y el 21– Necesito que me ayudes con lo de las notas pues.
- Tu sabes que yo quisiera hacer eso pero no puedo, luego se puede hablar en la Facultad del favoritismo.
- Si, lo se. Pero te juro que nadie se va a enterar. – El no dejaba de observarla.

Ella se levantó se notaba un poco agotada. El se puso a sus espaldas, sentía su aroma y no pudo contenerse mas. Observó su bella cabellera y lentamente empezó a manipular con delicadeza los hombros de esa mujer. Con delicadeza y suavidad empezó ha hacerle masajes con el único fin de estimular sus mas bajos instintos, lo que era comprobado con el aumento de respiración y uno que otro gemido que se le escapaba . Ella se apartó y se lo quedó mirando, en sus ojos se mostraba la duda. Ella reaccionó y se apartó bruscamente mas lo miraba con deseo, tanto como el. No sabía que hacer si botar a ese chico o dejarse llevar por sus instintos.
- Dime Juan, ¿te gusto?
- No me gustas, me alocas. Dime a quien no le pareces preciosa.
- No me importa el resto, te lo estoy preguntando a ti.
- Me encantas, me fascinas.
- Si eso es cierto, que haces ahí como un tontito masturbándote mentalmente y no me tomas.

La aprobación estaba dictaminada. Sin pensarlo dos veces el se abalanzó sobre ella. Empezaron a besarse, a desvestirse con prisa mientras que las manos de ambos reconocían ambos cuerpos, estimulándose y sintiendo cada segundo un poco mas de placer. El la empujó contra la pared y ella aprovechó en poner seguro a la puerta de su despacho. La agarró de espaldas y empezó ha hacerle el amor.

Se encontraban en el piso doce del Palacio de Justicia. Lo único que perturbaba ese momento era la bulla de la calle, pero eso ellos ignoraban.

Terminaron tirados y abrazados en el suelo. Ella lo abrazó – Lástima que no enseñe el otro año en la Facultad, si no tendrías un veinte asegurado – El le sonrió.

Luego se cambiaron. Afuera algunos asistentes estaban mirándolo de reojo cuando el salió. Eso era obvio pues los gemidos de Leslie habían salido pausadamente pero de hecho que algunos se habían ganado con el show. Eso a el no le importó, tenía aires de triunfador, había conseguido la máxima presa deseada por muchos. Eso para el ya era un logro mucho mas que ser un gran abogado, mucho mas que ser superman, el no era un tipo cualquiera.
Ese egocentrismo tiempo después le costaría muy caro. El creía que iba camino al éxito, no sabía que de a pocos se iba forjando su derrota total.