
Música electrónica: una de las mas hermosas muestras de alegría que aparecieron en Lima a fines de los noventa. Mezcla de sonido cuyos frutos se manifiestan en la algarabía de las personas, todo representado en cuatro letras mágicas: P.L.U.R. (siglas de palabras cuya traducción al castellano es de paz, amor, unidad y respeto).
A eso agregarle una pastillita, la magia se expandía a limites inexpresable, sin cuya ingesta en eventos de música electrónica no se podría gozar al máximo de la magia de la escena nacional; y es que si no tienes tu “roll” no la sentirás chino y mejor da media vuelta porque para concha el “club” se reserva el derecho de admisión y ahí si la cagada porque vas a pasar el roche de que te digan que es fiesta privada por mas que tengas la entrada comprada en la misma boletería, una patada en el culo es suficiente para bajarte la mejor de las energías con las que llegaste al local esa noche.
Juan estaba bien enganchado a esas pildoritas. Habían días que caminaba por la calle y se metía una de esas pepas, con el discman encendido escuchando el track de uno y otro dj, haciendo movimientos y metiendose un dance mientras iba de compras al Jockey Plaza o a Larcomar. Era el y su mundo. Sus ojos visualizaban todo bien chévere, vivía en su mundo, un mundo irreal.
Esa era para el la magia, el poder. La sensación de pertenecer a una onda donde todos eran iguales le encantaba. Esa faceta de hippie de los 90. No existían para el rivalidades ni recelos. No existía la envidia ni el odio. Todos eran amigos, hermanos unidos en el arte del DJ.
Sin embargo la verdad era una sola. Juan detestaba estar solo y se sentía feliz de sentirse aceptado por algunas personas, especialmente si sentían y pensaban como el. Esa era su verdadera droga. El sentirse identificado hacían que en el aparecieran todos esos demonios que hacían que en sustancias viera todo con alegría y felicidad, por cinco o mas horas se olvidaba de papá renegón, de mamá llorona, de hermana estudiosa, de la chica pobre que le gustaba, de los profesores, de la universidad, de no poder chambear por culpa de papá. Por cinco o mas horas era completamente libre.
Alguna vez le preguntó a su psicólogo que es lo que había sucedido. Ni ese profesional sabía a ciencia cierta. Era un problema de identidad le decía. Lo único cierto es que la música electrónica agilizaba sus sentidos, lo hacían mas hábil y mas sociable en las reuniones pichanguisticas, influenciaba de una manera radical su comportamiento y lo hacían poder disfrazarse de ese falso Juan cuya tarjeta de presentación era la de un chico lindo con ganas de disfrutar al máximo su vida.
No se perdía ni un solo evento de música electrónica: Blue Budda y Ministry sus discotecas preferidas. El era de aquellos que saltaban, de los que gritaban y encendía esa chipita de euforia en el público. El contagiaba a la masa de gente entregándoles a todos una enorme sonrisa. Le encantaba ir de la manera mas cómoda y su cuerpo adornado por collares y pulseras de un millón de colores, un atuendo medio abebado tomando en cuenta que un muchacho de universidad que valla por la calle con un chupón en la boca realmente debe tener un problema en la cabeza. Pero a el eso le importaba muy poco y así moriría, en esos ideales de paz, amor, unidad y respeto.
A eso agregarle una pastillita, la magia se expandía a limites inexpresable, sin cuya ingesta en eventos de música electrónica no se podría gozar al máximo de la magia de la escena nacional; y es que si no tienes tu “roll” no la sentirás chino y mejor da media vuelta porque para concha el “club” se reserva el derecho de admisión y ahí si la cagada porque vas a pasar el roche de que te digan que es fiesta privada por mas que tengas la entrada comprada en la misma boletería, una patada en el culo es suficiente para bajarte la mejor de las energías con las que llegaste al local esa noche.
Juan estaba bien enganchado a esas pildoritas. Habían días que caminaba por la calle y se metía una de esas pepas, con el discman encendido escuchando el track de uno y otro dj, haciendo movimientos y metiendose un dance mientras iba de compras al Jockey Plaza o a Larcomar. Era el y su mundo. Sus ojos visualizaban todo bien chévere, vivía en su mundo, un mundo irreal.
Esa era para el la magia, el poder. La sensación de pertenecer a una onda donde todos eran iguales le encantaba. Esa faceta de hippie de los 90. No existían para el rivalidades ni recelos. No existía la envidia ni el odio. Todos eran amigos, hermanos unidos en el arte del DJ.
Sin embargo la verdad era una sola. Juan detestaba estar solo y se sentía feliz de sentirse aceptado por algunas personas, especialmente si sentían y pensaban como el. Esa era su verdadera droga. El sentirse identificado hacían que en el aparecieran todos esos demonios que hacían que en sustancias viera todo con alegría y felicidad, por cinco o mas horas se olvidaba de papá renegón, de mamá llorona, de hermana estudiosa, de la chica pobre que le gustaba, de los profesores, de la universidad, de no poder chambear por culpa de papá. Por cinco o mas horas era completamente libre.
Alguna vez le preguntó a su psicólogo que es lo que había sucedido. Ni ese profesional sabía a ciencia cierta. Era un problema de identidad le decía. Lo único cierto es que la música electrónica agilizaba sus sentidos, lo hacían mas hábil y mas sociable en las reuniones pichanguisticas, influenciaba de una manera radical su comportamiento y lo hacían poder disfrazarse de ese falso Juan cuya tarjeta de presentación era la de un chico lindo con ganas de disfrutar al máximo su vida.
No se perdía ni un solo evento de música electrónica: Blue Budda y Ministry sus discotecas preferidas. El era de aquellos que saltaban, de los que gritaban y encendía esa chipita de euforia en el público. El contagiaba a la masa de gente entregándoles a todos una enorme sonrisa. Le encantaba ir de la manera mas cómoda y su cuerpo adornado por collares y pulseras de un millón de colores, un atuendo medio abebado tomando en cuenta que un muchacho de universidad que valla por la calle con un chupón en la boca realmente debe tener un problema en la cabeza. Pero a el eso le importaba muy poco y así moriría, en esos ideales de paz, amor, unidad y respeto.
Al amanecer y volver a casa se quitaba esa careta y volvía a su realidad en aquel hermoso palacio, su casa era lo único hermoso, porque la vida dentro era un horror. Juan quería vivir eternamente en un rave.


