sábado, 8 de noviembre de 2008

9) Sensaciones



- ¡Ya despierta princesita! – Le dijo su padre – Apúrate cabrón tienes muchas cosas por hacer.
- ¡Déjame dormir por favor! – Gritaba Juan con impotencia al querer ir corriendo donde su padre y meterle uno o dos puñetes y cerrarle la boca de una buena vez.
- Te van a salir hongos en los huevos si continúas en la cama, vas a ver.

Se levantó de su acogedora cama con edredones de plumas importadas, se miró en el espejo, aún tenía ojeras por la juerga de la noche anterior. Entró a la ducha, el agua estaba caliente como siempre, un rápido duchazo y todo listo.

Al terminar, salió desnudo hasta su cuarto fumando algo de marihuana, tenía que aprovechar que estaba encerrado en su dormitorio y que el incienso había invadido la atmósfera de ese ambiente de la casa. Se puso uno de los polos que recién le había comprado su mamá en Miami. Subió al automóvil, su padre con un cigarrillo encendido en una de las manos, puso en marcha el coche.

Iban por la Avenida Javier Prado. El cielo estaba nublado y no había ningún indicio de que saliera el sol. El padre de Juan hablaba de la política, de por que “El Chino” tenía que abandonar el sillón presidencial, de por que las huelgas fregaban al país y del secreto para que los cholos no fueran tan pedilones. Se lanzaría al parlamento le decía a su hijo y acabaría con la pobreza haciendo que los ricos sean mas ricos y los pobres sencillamente dejaran de joder. Pero Juan no le prestaba atención, el solo miraba a través de la ventana del auto, su cabeza solo tenía algo presente, un nombre que lo perseguía durante los últimos días: Jessi.

No aguanto mucho tiempo a su padre, estaba arto de escuchar al viejo cuando podía estar encerrado en su cuarto fumando un wirito, o con alguna chiquilla tirado en la cama, tantas cosas en su mente y el perdiendo el tiempo escuchando al viejo quejarse del país.

No aguantó mas – Papá aquí me bajo yo – Le dijo a su padre.
- ¿A dónde crees que vas cabrón?
- Lo siento pero ya no aguanto tus tontos discursos.
- ¿Ah! Te aburre tu padre?, bájate pues, bájate y camina como el resto de apestosos que rondan por estos lares. Tu no puedes hacer nada sin mi.


Juan no dijo nada mas, bajo del auto y espero a que su padre avanzara para sentirse libre. Por su cabeza pasó un poco de pena al ver que no podía llevarse bien con su padre como lo hacían sus amigos, pero no podía hacer nada mas: dos enfermos no podían llevarse bien. Ambos convirtieron a su madre y hermana en mujeres reprimidas, pues la dependencia hacia ellos y sus conflictos las sumía en una eterna esclavitud, no pudiendo ser libres para nada.

El auto arrancó y el se quedó paralizado. Luego reaccionó y deambuló un poco por las calles de San Isidro. Llegó a El Olivar, la depresión lo estaba consumiendo cual cigarrillo sin fumarse.
Encontró un teléfono público, sacó una moneda de un sol de su bolsillo y la metió en el teléfono. Marco ese celular de la única persona que podría levantarle los ánimos en ese momento: Jessi – Alo – contestó ella.
- Jessi, soy Juan. Oye puedes salir para conversar. Estoy un poco depre.
- ¿En dónde estas?
- En El Olivar, ¿tu crees que puedas venir aquí?.
- En media hora estoy ahí.

Media hora que se volvía en una eternidad a causa de la angustia. Juan caminó un poco por los inmensos y verdes jardines del Olivar. Se sentó bajo un árbol y prendió solapamente un wiro. Cerró los ojos y empezó a volar, soñar cosas extrañas. De pronto sintió la presencia de un ángel y al abrir los ojos estaba frente a uno: Jessi – Me alegra que vinieras – Le dijo Juan y la abrazó.
Fueron hasta la parte mas alejada del Olivar. Se sentaron en el pasto, Juan no dejaba de mirarla, ella también lo observaba. Era como un lenguaje de miradas uno le decía te quiero, por el otro extremo venía a toda velocidad un te deseo. AL final el silencio los unió en un enorme que era acompañado por un bello atardecer.

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